Mario Bravo 960 | 4862-0655
//PROMOCIÓN DOMINGO SOLO 17 hs: "Como si pasara un tren" 17 hs, entradas a $200, jub. $150 // PROMOCIÓN SOLO PARA ESPECTACULOS INFANTILES: Menores de 2 años, gratis. Grupos de más de 3, $150 c/u     
La Pilarcita.
 
Están los que esperan que un milagro llegue de forma inesperada y los que lo construyen día a día, casi de manera artesanal.Selva, y su enigmática pareja, Horacio, llegan desde la gran ciudad a este remoto pueblo correntino en busca de un milagro de La Pilarcita, santita popular litoraleña. Se hospedan en un precario hotel regenteado por Celina, la hija de los dueños y Celeste, su amiga adolescente, que borda día y noche en el patio del hotel para terminar su traje de comparsera. Cuando Selva comprende que, según la tradición, antes de pedir un milagro hay que ofrendar una muñeca creada especialmente para la ocasión, contrata a Celeste para que la ayude a confeccionarla. Mientras el pueblo entero se prepara para homenajear a la santita, Selva y Celeste trabarán una extraña amistad que cambiará sus destinos para siempre. Algunos encuentros pueden ser tan poderosos como los desencuentros y algunas llegadas tan reveladoras como las partidas. El milagro está cerca, porque incluso si no llegara mágicamente, siempre hay alguien dispuesto a fabricarlo. Están los que creen que un milagro es algo que llega de forma inesperada y aquellos que lo construyen día a día, casi de manera artesanal. 
Actúan:
Pilar Boyle, Juan Grandinetti, Mercedes Moltedo y Luz Palazon. 
Diseño gráfico:
Natalia Milazzo 
Vestuario:
Jam Monti 
Diseño del espacio:
Alicia Leloutre / Jose Escobar 
Asistencia de dirección:
Sofía Salvaggio 
Dramaturgia y dirección:
María Marull 
Fotografía:
Sebastián Arpesella 
Asistencia de vestuario:
Betina Andreose 
Prensa:
Carolina Alfonso 
Música:
Julián Kartun. Letra: María Marull. 
Llegás.
LA PILARCITA

El calor atonta a la hora de la siesta. El pueblo está de festejo. Se preparan trajes, comparsas, canciones y muñecas de traje rojo para homenajear a la santita, la niña de muerte trágica. Celina y su amiga Celeste reciben en la precaria posada a una misteriosa pareja de turistas que llegan para la procesión. Se corre la voz: la Pilarcita es cumplidora si se le pide con fe. Algunos esperan milagros y otros salen a buscarlos.María Marull presenta su nuevo trabajo, una historia del litoral que merodea en torno a las creencias, en clave de humor. Las costumbres de pueblo, las rivalidades entre vecinos y el contraste con los visitantes de la ciudad son oportunidades cómicas aprovechadas con ocurrencia y sensibilidad. El enigma de lo que sucede en el cuarto de los huéspedes aplica tensión y expectativa a la historia. Las coplas rimadas del personaje de Julián Kartun funcionan como un recurso acertado para contar y aportar información al relato.La dupla de Lucía Maciel y Paula Grinszpan, como esas jóvenes que desviven por atender -con curiosidad excesiva y amabilidad algo cargosa- a los pasajeros, logra momentos desopilantes. Luz Palazón, como la turista altísima que guarda secretos, completa el elenco.El verano es lindo, pero después todos se van. En el pueblo se habla de eso: de los que se van y de los que se quedan. Si no hay tanto para hacer, se bordan trajes para la comparsa y vestidos para las muñecas de la Pilarcita. Porque, a veces, los milagros se fabrican. Se pide con fe, hasta que llegue el momento de armar las valijas.

PAULA BOENTE
Télam
"La Pilarcita", disfrutable ejercicio sobre el imaginario provinciano.

La obra de María Marull, responde a ese mundo provinciano que suelen mostrar la autora y su melliza Paula, que ancla su acción en la inocencia y lo bucólico, y que con buen elenco se ve en El Camarín de las Musas, los viernes a las 21.

Hay dos amigas (Paula Grinzpan, Lucía Maciel), la primera dueña de una humilde hostería en un pueblito correntino y la segunda su informal empleada, que en el sopor de un verano albergan a una mujer de la ciudad (Luz Palazón) en vísperas de una suerte de carnaval en festejo de la Pilarcita, figura religiosa local de presuntos milagros. La mujer llega desde la ciudad de Santa Fe y por sus modales las chicas la tildan de "porteña", aunque luego se sabrá que está allí a la espera de curación para la salud del hombre que la acompaña -que nunca se ve-, víctima de algún mal y que, aclara, no es su marido. La relación entre las locales y la visitante se tensa y se distiende según las circunstancias, va creciendo a medida que la mujer va despojándose de sus tapujos y ofrece indicios de su situación, lo que sirve para que la candidez de sus anfitrionas se vaya apropiando del asunto. Así es que las conversaciones entre las chicas resultan lo más contundente, porque la autora y directora Marull tiene un oído especial para captar esa cadencia provinciana donde todo parece ocurrir a lo largo de una tarde eterna. Gran parte de ese clima es lo que trataban de preservar los personajes de "Vuelve", de Paula Marull (Rosario, 1974), aunque el entorno era más amenazador que lo imaginado, y aquí lo que hay es un retorno al escenario de origen. Allí Grinszpan y Maciel se apropian del habla del lugar, filosofan con la simpleza de sus orígenes y provocan carcajadas auténticas, sobre todo la segunda, cuyo "physique du role" es formidable. Ella quiere ser la estrella del desfile de comparsas, se calza un vestido de gran vedette y ensaya los pasos que supone triunfadores, lo que le aporta un lucimiento adicional que debería ser visto por los jurados de ciertos certámenes teatrales. Hay también un hermano guitarrista (Julián Kartun) que intenta competir en concursos de canto durante el festejo carnavalesco-religioso e improvisa unas rimas deshilachadas que las chicas repudian, que no agrega gran cosa pero tiene su gracia. Funciona menos la parábola sobre la mujer, de nombre Selva, referida a la circunstancia de la invasión -propuesta por alguna tradición oral- porque de hecho la vuelta de tuerca de su incursión en el festejo no tiene, al igual que en "Vuelve", la mejor resolución. Gran parte del clima dispuesto en escena, esa sensación de lentitud en el tiempo, se debe a la expresiva y simple escenografía de Alicia Leloutre y José Escobar, que, con el concurso de las actrices jóvenes y la autoridad de Palazón, logra un espectáculo sumamente disfrutable.
Ruleta China
"La Pilarcita" de María Marull | Realismo interior.

Por Eugenia Guevara.

Seguramente la estética realista sea la de mayor peso en el teatro argentino – al menos en el que se hace y se ha hecho en Buenos Aires - y obras como La Pilarcita de María Marull, que se presenta con gran éxito los viernes en El camarín de las musas, muestran uno de los caminos que aquella poderosa tradición recorre hoy. La acción transcurre en el patio, habitado por una pelopincho, un juego de jardín y unas ropas danzantes en la soga, de una casa en un pueblo de Corrientes. Pero en realidad, no es simplemente una casa, también es una especie de hotel, ya que hay una habitación que justo cuando la obra inicia acaba de ser ocupada por una mujer de Santa Fe, con un hombre mucho mayor que ella. Eso le cuenta Celina a Celeste, su amiga y colaboradora en el “hotel”. Los visitantes han llegado en la víspera de la jornada que inspira la pieza, el día de “la Pilarcita”, una santita milagrosa a la que hay que ofrendarle una muñeca para que de curso al deseo del creyente. La obra está construida a partir lo charlado: fundamentalmente por los personajes femeninos que no dudan en intimar pronto, abriéndose a la otra. En el caso de las amigas, esos relatos se construyen desde el conocimiento y la confianza; en el caso de Celeste y Selva, la huésped, que se harán confidentes y cómplices, desde la intuición y la necesidad. Por eso, y ya que lo hablado es todo, resulta muy preciso e interesante, al mismo tiempo relajado, el registro que se construye para cada personaje, lo que se refuerza con las interpretaciones. Lucía Montiel da vida a una molesta y chismosa -pero también cálida y franca- Celeste y es un poco alrededor de su personaje y el de Selva que se teje la trama. Como Selva, en el cuerpo de Luz Palazón, insegura y relegada, Celeste no tiene muy en claro qué es lo que quiere. Y Selva tampoco, solo sabe que quiere a Horacio, su compañero de viaje, y eso es lo que la ha sostenido desde hace muchos años. Completa el cuadro donde reinan la siesta y la noche, siempre el calor, Hernán (interpretado por el ascendente Julián Kartun), el hermano de Celina (Paula Grinszpan), estudiante en la ciudad, de regreso para participar del concurso de Compuesto de la fiesta de la Pilarcita. El no hablará en serio casi nunca pero podrá cantar y contar con una guitarra que parece serle inextirpable. La Pilarcita de María Marull tiene puntos en común con Vuelve de Paula Marull, que María protagonizaba. Las hermanas mellizas que un diario porteño definió como "brillantes" están creando una producción que dialoga intertextualmente con la de la otra. Ambas vienen a mostrar un realismo que por lo general está ausente de la cartelera del off de Buenos Aires: uno que instala temáticas muy comunes para los del "interior"; líneas narrativas que plantean la cuestión de ser ajeno en una ciudad, o de ser de un pueblo o de ciudad, o de la provincia o de la capital, de irse o de quedarse, de realizarse, cumplir sueños o abandonarlos, con el peso de la procedencia. Un realismo de las entrañas de la patria, específicamente del litoral, que se aleja del estereotipo y expone personajes verosímiles. En el caso de La Pilarcita se suma además el mérito de un minucioso trabajo realizado sobre el habla, tanto desde el texto, como desde la actuación.
Farsamag
La Pilarcita
por Marina Ceppi
Cuando uno sale de las grandes ciudades es como que el tiempo pasa más lento. Ciertos pueblos tienen ese no sé qué de estar detenidos en el tiempo y nos hacen pensar que si volviéramos en 10 años todo seguiría igual.

La Pilarcita escenifica ese lugar en un remoto poblado correntino, nos lleva a la casa (o mejor dicho, al patio) de Celina donde se alquila un cuarto por la temporada alta del turismo local debido al peregrinaje de La Pilarcita. Ahí, Selva y su pareja, Horacio alquilan el cuarto decididos a participar del peregrinaje para pedirle un milagro a la imagen de la santita popular por la salud de Horacio. Cuenta la leyenda local que una muñeca, en memoria de una niña fallecida en el pueblo, reparte milagros a quien le pida y ofrende. La Pilarcita habla sobre la fe, sobre lo que creemos y sobre como lo llevamos a la práctica en nuestras vidas. Acierta en mostrar las cotidianeidades de un pueblo correntino, sin caer en estereotipos, o por momentos, burlandose de ellos. Las pequeñas cosas como el sonido de la guitarra tocando una chacarera, el mate, la pelopincho, los broches sosteniendo la ropa al sol y hasta el silencio arman este cuadro tan característico que nos teletransporta al verano correntino aparentemente pasivo pero que contiene grandes tensiones.
Se destaca el trabajo de Lucía Maciel cuyo personaje Celeste, se lleva todas las merecidas carcajadas de público, al representar un personaje que engloba mucho de lo que la obra quiere contar. Celeste tiene aspiraciones de ser la estrella de la comparsa del pueblo, preocupada por los chusmeríos locales y conocida de todos. El trayecto de la obra le hará descubrir cómo todo a lo que está acostumbrada es, al mismo tiempo, una trampa. Pueblo chico, infierno grande, eso dicen ¿no?
Diario Z.
“La Pilarcita”: esperando el milagro.
Personajes de un pueblo correntino durante la celebración de la niña santa. Por Roberto Durán.

“Están los que creen que el milagro es algo que llega inesperada y arbitrariamente y están aquellos que lo construyen día tras día, casi de manera artesanal”, dice el dossier de prensa de La Pilarcita. Ese milagro –o la espera de que se produzca– tiene como escenario el pueblo de Concepción de Yaguareté Corá (Corrientes). O bien podría ser cualquier otro del litoral argentino. Unas sábanas colgadas en el patio, una mesa, una pileta de lona, un pequeño altar y un cuartito de huéspedes son los pocos elementos que sirven para ambientar ese mundo de bochorno y siesta obligada, en las horas previas a la peregrinación a la santa local. Celina (Paula Grinszpan), la dueña de casa, y su amiga Celeste (Lucía Maciel) alquilan la habitación a una pareja de santafesinos que llega al pueblo por un problema de salud de él. Los primeros minutos de la trama discurren entre los chapuzones de Celeste, las preocupaciones por el estudio de Celina y el juego de diferencias entre los foráneos y los locales. Con el tiempo, la historia de María Marull abandona ese fresco de provincia y comienza a plantear los temas con ternura, inteligencia y profundidad. Así aparecen los fuertes mandatos sociales –el casamiento, el estudio para “ser alguien”–, el chisme –asfixiante como el calor– y las ganas irrefrenables de abandonar el pago, que pareciera tener poco para ofrecer. En el medio, Selva (Luz Palazón) vive su drama personal por su amante enfermo y la esperanza de un milagro por parte de la santa. La suerte de una dramaturgia nunca depende sólo de sí misma. Las actuaciones de Grinszpan y Maciel le aportan a la historia en un contrapunto delicioso. Lo mismo que el personaje de Selva; mientras que Julián Kartun, en su papel de amigo y payador, le aporta también gracia y música al espectáculo. La Pilarcita es una obra pequeña en apariencia, pero con una gran riqueza y hechos que cambiarán la vida de sus protagonistas más que un milagro.

La Razón.
Una historia pequeña pero profunda y rica.

Por: Ricardo Sarmiento.

La autora y directora María Marull partió de una figura de culto en Corrientes, para armar una obra sin pretensiones, con un texto que se sostiene con muy buenas actuaciones.

El Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte y Antonio María son algunos de los referentes del devocionario popular argentino que ganaron su lugar en la fe del pueblo. Ellos movilizan a personas de diferentes partes del país que peregrinan hacia recónditos pueblos para honrarlos, buscar un milagro o agradecer. A esta lista hay que sumar a Pilar Zaracho, conocida como "La Pilarcita", que tiene su capilla en la localidad de Concepción de Yaguareté Corá, provincia de Corrientes. A esta niña, que murió aplastada por una carreta cuando intentó rescatar a su muñeca, se le atribuyen milagros y la gente se acerca a venerarla y dejarle muñecas como ofrenda. La autora y directora María Marull toma como punto de partida esta fiesta popular para contar una historia pequeña, sencilla, pero profunda y rica en imágenes, que transportan al espectador a ese pequeño pueblo correntino. Selva llega desde la ciudad de Santa Fe junto con su compañero, Horacio, para pedir un milagro. La falta de alojamiento los lleva a hospedarse en una habitación en la casa de Celina que, junto con su amiga, Celeste, se encargan de brindar la mejor atención a sus huéspedes. El calor y la humedad del mes de octubre, las diferencias sociales y culturales irán apareciendo en los breves encuentros entre estas tres mujeres. Pero también aflorarán los sentimientos más profundos de cada uno de estos personajes. Con una mezcla de ingenuidad, sentido común y sabiduría popular mostrarán su interior, sus pensamientos y sus deseos. Tanto Paula Grinszpan (Celina) como Lucía Maciel (Celeste) lograrán, desde el comienzo de la obra, una fuerte conexión con los espectadores. Sus personajes, tiernos e genuinos, harán que el público se sumerja de lleno en sus vidas. El trabajo actoral de ambas, que sostienen con una natural perfección la tonada correntina, y el rol y vínculo que establecen sus personajes hacen que se destaquen, sin opacar al resto del elenco. Luz Palazón, como Selva, logra el punto justo de contraste de la irritabilidad de los habitantes urbanos frente a esa parsimonia pueblerina. Pero al mismo tiempo, se muestra permeable y abierta para que ocurra el milagro. Finalmente, Julián Kartun, como Hernán, el hermano de Celina, será quien se encargue de completar los fragmentos que faltan de la historia a través de sus relatos cantados acompañados con la guitarra. Con una puesta simple y sin demasiados artilugios que desvíen la atención de lo que ocurre en escena y fuera de ella, los elementos escenográficos sirven más como un soporte visual, al igual que la iluminación, que acompaña los momentos de los personajes. La Pilarcita es una muestra de un teatro sin pretensiones, con un texto que se sostiene con muy buenas actuaciones y que tiene como objetivo contar una historia. Una historia simple, pero que deja en el aire interrogantes para que el espectador continúe reflexionando y saboreando el trabajo de estos actores.
Muy buena • • • • 
La Razón.
Encantadora obra con dos actrices fabulosas.
Acaba de estrenarse “La Pilarcita”, la exquisita pieza de la ascendente María Marull, con estupendas labores. Sobresalen Paula Grinszpan y Lucía Maciel.
Por Javier Firpo.

“La Pilarcita” es una obra pequeña pero a la vez inmensa. Con una historia chiquita logra una puesta maravillosa, exquisita y tan agradable que produce bienestar. Estrenada la semana pasada en El Camarín de las Musas, “La Pilarcita” permite ir descubriendo a una autora y directora más que promisoria como María Marull, quizás algo eclipsada por la figura de su marido, el indiscutido Damián Szifrón. Vale abrir un paréntesis para subrayar que tanto María, como su hermana melliza Paula, quien ya demostró su talentosa pluma con “Vuelve”, y está por estrenar “Yo no duermo la siesta”, resultan dos de las tantas gratificaciones que tiene el teatro alternativo. Volviendo a “La Pilarcita”, María Marull plantea la historia en un pueblo litoraleño, donde la Santa (La Pilarcita) es motivo/excusa para que llegue gente de diversas localidades. Hasta allí arriba Selva (Luz Palazón), y su enigmática pareja, en busca de un milagro (probablemente relacionado a la salud del hombre). Se hospedan en un precario hotel regenteado por Celina (Paula Grinszpan), y Celeste (Lucía Maciel), la amiga encargada de las changas en el hotelito. La relación entre Selva, que viene de la gran ciudad, y las lugareñas irá increscendo, aunque atravesará por algunos cortocircuitos realmente desopilantes. A dicho triángulo se suma Hernán (Julián Kartún), quien no se despega de su guitarra y aporta el toque chamamecero que redondea la obra. La temática mantiene el interés permanente con actuaciones formidables, por lo que es justo remarcar el trabajo de Paula Grinszpan y Lucía Maciel. La primera, dueña de una envidiable calma y parsimonia; la segunda, poseedora de una verborragia temible. Ese contrapunto es delicioso. María Marull las conocía, les echó el ojo y las “cooptó”. “Fue una muy linda experiencia trabajar con María”, coinciden Paula y Lucía. “María es una directora intuitiva e inteligente. Es muy grato trabajar con ella, porque además es tranquila, pero muy detallista. Ella fue abierta a nuestras miradas y, también, siempre tuvo muy en claro lo que quería montar”, precisó Grinszpan, que tuvo participaciones en las películas “Masterplan” y “Relatos salvajes”. “Hay algo de la cadencia de los textos, del decir de los personajes que estaba muy bien planteado desde la dramaturgia, y eso fue clave. Fue un proceso orgánico, pero a su vez de mucho esfuerzo y trabajo desde la dirección”, opina Maciel, que colaboró en el film “Sin hijos”. Tanto Lucía como Paula coinciden en el placer de disfrutar de lo alcanzado luego de invertir tanto esfuerzo. “Apenas leí la obra, me pareció hermosa, me pude imaginar ese pueblo, el calor y cada uno de los personajes. Y fue un desafío tener que probar un acento distinto para mi personaje”, cuenta Grinszpan. “Sí, costó mucho hacer natural ese acento, pero creo que nos sale espontáneo”, complementa Maciel. Y no se equivocan, sus personajes y su cadencia vocal, que podían haber coqueteado con lo forzado, salen más que creíbles. “Cada una fue probando y encontrando una propia melodía, que hace que nos divirtamos y que no quede en una imitación del acento, sino que sea un disparador para jugar”, concuerdan las actrices, que se ganan la vida, además, dando clases de actuación. Sin pecar de ambiciosa ni pretender adueñarse de una obra grandilocuente, María Marull hace un elogio de lo minimalista con una bellisíma puesta, escrita y dirigida por esta rosarina que tuvo el ojo clínico para elegir un elenco a tono con sus pretensiones. Desde aquí, sólo se recomienda verla. Nada más.



Tiempo Argentino.
Innovación y tradición entre lo profano y lo sagrado.

Por: Jorge Dubatti.

La dramaturga y directora María Marull parte de la religiosidad popular –el culto correntino a una "santita"- para desplegar un mundo que vuelve a conectar lo humilde y lo sublime. Excelentes actuaciones de Paula Grinszpan, Julián Kartun, Lucía Maciel y Luz Palazón.

La obra La Pilarcita de María Marull (que se presenta en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, los viernes a las 20 y a las 22) encarna quintaesencialmente algunas características sobresalientes de la nueva dramaturgia argentina en este siglo XXI. Combina en su escritura el ejercicio del dramaturgo con el del director (es decir, saberes más amplios que los de la literatura dramática). Además propone una poética muy personal, una "poética de autor" (opuesta a una "poética de género"), a partir de un universo único atravesado por los imaginarios, las experiencias, las obsesiones de su creadora (un teatro "íntimo", diría Jean-Pierre Sarrazac), construcción de territorio de subjetividad alternativa sólo comprensible en términos micropoéticos y micropolíticos. Esto es, al margen de los grandes discursos de representación. También nos invita a asomarnos oblicuamente, al sesgo, a un mundo minimalista, del que no llegamos a comprender ni a saber todo. Y recurre a la comicidad como vía de revelación de lo dramático: la risa como un medio de manifestación de un cosmos no cómico. Hay que disfrutar esta obra magnífica -sin duda entre lo mejor de la cartelera actual, excelentemente interpretada por Paula Grinszpan, Julián Kartun, Lucía Maciel y Luz Palazón- en esas coordenadas, pero también en aquello en lo que persigue una diferencia, un desvío de otros exponentes de esta tendencia. Destaquemos dos componentes de esa diferencia: la figura del cantor (Kartun), que cuenta la historia de la Pilarcita y la parábola existencial de los personajes; la inclusión de un tema nada minimalista, la religiosidad popular –tan potente en la Argentina actual- y su conexión con lo sagrado, con la trascendencia, con el misterio, tratado con respeto, podríamos decir homenajeado a través de esta poética, paradójica e inteligentemente al margen de todo catecismo o dogma. Creemos que el tono respetuoso del cantor, en su mutación, es la clave y síntesis del desvío de La Pilarcita. La pieza de Marull debe su nombre a una "santita" de culto en los altares de la religiosidad popular, en Corrientes. En el pasado, una niña muere al caer de una carreta cuando quiere rescatar a su muñeca, y pronto la gente comienza a peregrinar a su tumba para hacerle ofrendas, le llevan muñequitas, a cambio de ayudas, milagros. En el pequeño pueblo correntino donde se hace culto a la Pilarcita las casas particulares ofrecen improvisado albergue a los creyentes y necesitados. La vida del pueblo se convulsiona por la invasión de visitantes (la obra comparte algo del universo de la película uruguaya El baño del Papa, dirigida por el argentino Adrián Bíniez). En la obra de Marull asistimos al patio trasero de una casa (diseño de Alicia Leloutre y José Escobar) donde, junto a la ropa tendida, se ve la puerta de una humilde piecita en la que se ha hospedado una pareja que viene desde Santa Fe. Paula Grinszpan y Lucía Maciel, excepcionales, componen dos correntinas de ese pueblo encargadas de recibir y atender a los visitantes: es magistral su dominio de la forma de hablar del correntino, entre la observación costumbrista y una leve caricatura simpática, en la mejor tradición de reelaboración del sainete criollo cómico-dramático. Es relevante la relación de estos personajes con su contexto, del que de alguna manera quieren escapar. Julián Kartun es el cantor folklórico –el "Homero" de la Pilarcita- con características litoraleñas, mezcla de narrador y payador, que cuenta y canta con su guitarra. Luz Palazón (la gran actriz de las obras Rancho y La de Vicente López) es una típica mujer urbana que inicialmente entra en contraste con las jóvenes provincianas, pero a diferencia de Rancho o La de Vicente López cada vez se acerca más a ellas. Se relaciona fuera de escena con el hombre que ha traído a la procesión, y sin duda es el personaje más atravesado por la experiencia dionisíaca –no sólo cristiana- que le depara el contacto con la creencia y la festividad popular. Las luces de Matías Sendón generan sutilmente una ambientación entre el realismo y el sentimiento de lo maravilloso que propicia la devoción popular, la inminencia del milagro. Justamente este es uno de los aspectos más destacables de la puesta: el equilibrio entre el realismo y la sugerencia de lo sobrenatural, la creencia en lo numinoso más allá de lo material inmediato. La puesta le recuerda al espectador: hay gente que cree, y esto es una forma muy eficaz de representación de lo sagrado. La comicidad está hermanada a la exaltación de lo humilde en su proximidad a lo sublime (de acuerdo al tópico ancestral de la identificación franciscana de humilitas / sublimitas: lo más humilde es lo más cercano a lo sublime). He aquí, entonces, la fuente de fascinación de La Pilarcita: su poética tiene una zona en lo profano y otra en lo sagrado, como la religiosidad popular. Imperdible. « 
La Nación
Un pueblo litoraleño, sus siestas, el encuentro.
Por Jazmín Carbonell

Nuestra opinión: muy buena
En un perdido pueblo litoraleño, una procesión está por comenzar. Es en honor a la Pilarcita, una niña que hace mucho tiempo perdió su vida por aquellos caminos. Por ello, una vez por año rinden culto a esta santa popular dejándole una muñeca. El pueblo se viste de gala. Por única vez en el año se convierte en anfitrión de personas que viajan de todas partes del país en busca de un milagro. Los huéspedes llegan y reclaman dónde dormir, el pueblo colapsa. Dos amigas, Celeste y Celina, en un clásico patio con mesas y sillas de hierro, una pelopincho y unas cuantas sábanas colgadas de sogas alquilan el pequeño cuarto improvisado que está al fondo. Hasta allí llegará una pareja. Selva y Horacio, aunque él jamás saldrá del cuarto para presentarse. De a poco estos dos mundos aparentemente contrapuestos se irán cruzando, primero con unas pocas miradas más prejuiciosas que otra cosa, luego se irán acercando, atrayendo, seduciendo hasta fusionarse y convertirse en mujeres que sufren, que buscan otra cosa. Y aunque Selva haya llegado hasta aquel sitio para pedir por la salud de su "no marido" Horacio, lo que encontrará en aquel lugar es a ella misma, hace tanto tiempo abandonada. Con destreza, pero con profunda sensibilidad y dulzura, María Marull toma el tema del pueblo con sus silencios, sus siestas y tiempos eternos para contraponerlo con el salvaje mundo citadino en el que los habitantes se encuentran muchas veces inmersos en la más terrible soledad, mezcla de abandono y orfandad. El resultado es contundente y claro. A pesar de las apariencias, ninguno de los personajes está demasiado contento con su presente y busca otro. Por eso el encuentro entre Celeste y Selva les cambiará sus rumbos. Todos los elementos teatrales son destacables en esta obra. La escenografía es impecable, incluida la construcción de un cuarto completo. Las luces a cargo del maestro Matías Sendón logran marcar el paso del tiempo en ese día pegajoso y húmedo sin necesidad si quiera de un apagón. Todo se va esfumando, hasta la luz. Y se logra. El vestuario que en principio se reduce a marcar la diferencia entre estas dos mujeres vestidas de verano y de entre casa con la llegada de la mujer urbana exuberante, imponente, se termina de completar cuando Celeste se viste para la comparsa y el resultado es maravilloso. La música que llega por el cuarto personaje, con guitarra al hombro, como una suerte de payador que se encarga de narrar la historia. El texto no sólo es bello y acertado, sino además con tintes de humor que hacen que uno pueda entrar a los mundos, sobre todo al de Celeste, la comparsera que no para ni un segundo de hablar con esa simpática impertinencia. Y por último, las actuaciones son magníficas, excelentemente dirigidas, cada una con su marcada personalidad e incluso con la necesidad imperiosa de que el tiempo las cambie, las modifique y puedan llegar a ser quienes quieren ser.

alicia emma lloveras
vi la obra y me encantó pero me gustaría saber cómo puedo leer o escuchar nuevamente la última parte en que Grandinetti cuenta el destino de cada personaje. Los 6 que fuimos lo quisieramos escuchar o leer de nuevo. Felicitaciones.
Tania Turrillo
Es excelente, desde el guión, hasta los actores. Reís, lloras y el sentimiento sigue aun cuando salís de la sala. AMAZING.
Gustavo Gomez
Entretenida de comienzo a fin. Una obra que cierra por todos lados, la puesta en esena, los dialogos, la trama e histrória en general.
Muy bien actuada, con gap desopilantes y con situaciones también emotivas.
Mucho talento de los actores. María sos una genia escribiendo y dirigiendo!!
100% recomendable!!
Silvina schuster
Excelente obra y actuación . Muy recomendable
Vanesa
Una delicia! Tierna, fresca, adorable. Excelente actuación. Muy bien trabajados los personajes. Felicitaciones y gracias!
Mariangeles Skulski
Excelente obra, nos encantó, mucho humor, buenos actores, se lucen en escena. Es para recomendar.
susana noemi liz
Excelente. Me la habían recomendado y después de ver la obra no hago más que decir que la disfruté desde el principio al fin.
betina lewitan
lo mejor que vi en los ultimos tiemos . profunda y con mucho humor
felicitaciones !!!!!!
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camarin
Duración:
65 minutos.
Localidades:
general: $ 250
Jubilados: $ 200 (presentando acreditación)
Días y Horarios:
Viernes 20:00 hs.
Viernes 22:00 hs.
Sábado 20:00 hs.
Sábado 22:00 hs.
No se permite el acceso a la sala una vez comenzada la función.